viernes, 27 de noviembre de 2009

como la mierda, así me siento.

Recorrió tres cuadras, miró al cielo, preguntó a una amable abuela la hora y siguió su camino, se dió cuenta que llevaba un minuto de atraso y como la puntualidad era para ella una virtud estaba al borde del colapso. Casi no podía respirar -el smog santiaguino de ese invierno en la mañana pesaba en sus pulmones- pero iba recién en la octava de quince calles que le quedaban por andar.
Sin más compañía que la de Björk y Sigur Rós, los únicos cds que traía y que iba alternando en su discman Sony del año 2001, iba repasando en su mente cada una de las manías y obsesiones que su terapeuta le dijo que calificaban para un "síndrome obsesivo compulsivo grado 2". Lo cierto es que nunca entendió lo que significaba ese "grado 2" de hecho creía que nadie podía estar peor que ella. La misma que no permitía a nadie entrar a su casa sin zapatos, que se fijaba que el cable del teléfono no estuviera doblado, que la alfombra persa que adornaba la sala de estar no topara con el pie de la salamandra negra la cual debía tener su puerta perfectamente cerrada, la leña dentro ordenada y sin rastros de cenizas, que el baño no podía tener un olor distinto de Frutos Silvestres marca Glade y no el aerosol si no que el decorador de ambientes que expele ese aroma y por último el más importante, nadie puede tocar los brownies de chocolate y nuez que cocina a las tres con cinco minutos del día domingo. Estas leyes que rigen su vida son las que según su amiga Morín "controlan su vida y limitan su libertad". Pero, "¿quién le hace caso a la Morín?, no es más que una lesbiana liberal que vive como una vagabunda en su departamento de Plaza Italia", pensaba.
De vuelta a la vida real, continuaba en la carrera para llegar al lugar donde salen a relucir las miserias y lo mejor de cada uno. Era temprano, pero debía llegar antes de las doce un minuto y la falda que llevaba -por cierto, 5 centímetros sobre la rodilla, tal cual se lo enseñó la Madre Superiora en su colegio de monjas- no la dejaba ir a la velocidad que ella deseaba.
Luego de la maratón, al entrar al edificio realizó lo mismo de siempre, compró el croissant de hojaldre con chocolate y el macchiato caramel "con una cucharada de azucar y levemente espolvoreado con canela, por favor". Al llegar a la consulta se percató que el lunar de la secretaria cada vez tenía más pelos, cruzaron un par de palabras y se sentó a comer mientras esperaba que la sesión número cincuenta y cuatro del año la hiciera cambiar en algo.
 
 
Copyright © je suis le monsieur dauphin...
Blogger Theme by BloggerThemes Design by Diovo.com